Cristina Zurbriggen * Los noveles
empresarios, producto de la
inmigración europea y
portadores de los valores del
mundo burgués capitalista del
siglo XIX, fueron los primeros
en agremiarse para defender
sus intereses en el territorio
criollo. Así nacen las
primeras cámaras
empresariales en Uruguay en la
segunda mitad del siglo XIX,
convirtiéndose las mismas en
un elemento de progreso y
renovación económica. En el sector
comercio, la intensa actividad
que se desarrollaba ya desde
la mitad del siglo XIX, llevó
a que un grupo de empresarios
vinculados fundamentalmente al
comercio de importación y
exportación, a la actividad
bancaria y a la actividad
saladeril fundara en el año
1867 la "Bolsa
Montevideana". Dentro de
ella se crea la Cámara
Sindical para defender y
representar los intereses
generales del comercio. Esta
pionera agrupación
empresarial continuará bajo
este nombre hasta el año
1875, pasando a constituir la
Cámara de Comercio,
expresión de la defensa de
los intereses del alto
comercio montevideano ante la
crisis económica y financiera
que vivía el país. En 1871, un grupo de
estancieros innovadores, con
un porcentaje elevado de
anglosajones y franceses,
funda la Asociación Rural del
Uruguay, con el objetivo
primordial de “formar un
gremio de todos los que le
interesa el progreso del
país, propendiendo
especialmente a introducir
toda clase de mejoras en los
ramos tan importantes de
ganadería y agricultura, a
cuyo desarrollo tan
maravilloso se presta la
fertilidad de este suelo”.
Sus fundadores puntualizaban
que “La Asociación Rural
(...) necesita paz, porque sin
ella no puede haber progreso,
porque para mejorar nuestros
ganados (...) es indispensable
tener seguridad individual y
seguridad de la propiedad”
En efecto, imponer el orden en
la campaña y respeto de la
propiedad privada, exigido
como primer reclamo por la
rural, fue llevado a cabo por
el gobierno de Latorre, a
través de la fundación del
Estado moderno, lo que
permitió el libre
desenvolvimiento de las
fuerzas económicas que
encarnaban los rurales. La Asociación crea
su Revista, la cual se
convirtió en un libro de
consulta sobre temas
científicos, en centro de
denuncias y abusos sobre
arbitrariedades cometidas en
la campaña, así como en un
órgano de propaganda
ideológica del grupo. La
Revista tuvo amplia difusión,
y sus ochocientos ejemplares
eran recibidos no solo por sus
socios, sino que en la capital
la recibían ministros y
diversas autoridades
públicas. En el interior, la
recibían los jefes políticos
y juntas departamentales y
hasta maestros de las escuelas
rurales. La educación
cumpliría, según la prédica
de las editoriales, una
función civilizadora en la
población de la campaña. La dinámica del
desarrollo agro económico,
dio impulso al comercio,
exigiendo la aparición de
empresas dedicadas a la
comercialización de productos
agropecuarios. En 1891, los
comerciantes laneros fundan el
“Centro de Consignatarios de
Frutos del País” con “el
propósito de reglamentar las
operaciones que se efectúan
en plaza de manera más
conveniente para compradores y
vendedores, para hacer conocer
de un modo verídico, a los
tratantes de artículos del
país, en la campaña, los
precios a que éste se
vende". Expresión de
ello fue la publicación de su
Revista en el año 1892 con el
objetivo de dar a conocer los
precios en plaza de los
productos agropecuarios y de
cumplir con la tarea de
perfeccionamiento del proceso
interno de comercialización
de los frutos del país. El
Centro se fusionará con la
“Sala de Comercio de
Productos del País”, que
reunía a los representantes
de la agricultura y derivadas,
dando origen en el año 1908 a
la Cámara Mercantil de
Productos del País. “Pero, qué ha de
hacer el industrial
aisladamente, como fuerza
individual? Nada,
absolutamente nada... los
industriales dispersos,
procediendo cada uno por sí
propio, no forman columna,
necesitan entrelazar sus manos
y por medio de la Asociación
formar unos vínculos
indisolubles de solidaridad
sellado en la “Unión
Industrial Uruguaya...” Por su parte, la
incipiente diversificación de
la estructura productiva
comenzó a materializarse en
el último cuarto del siglo
pasado, dando lugar al primer
impulso industrializador de
nuestro país. En 1898, se
funda la “Unión Industrial
del Uruguay”, motivada por
la necesidad de instituir una
organización que impulsara el
desarrollo y el progreso de la
industria incipiente. Sus
estatutos establecían que sus
fines eran propender y
contribuir a que las leyes que
se proyecten sean justas y
equitativas y cooperen al
desarrollo general de las
industrias nacionales,
suprimiendo por todos los
medios posibles las
restricciones que puedan
perjudicar los intereses de
aquellas”. Pablo Varzi en
calidad de presidente y al
cumplir un año la UIU señala
el papel fundamental que
había tenido la Unión en la
confección de la ley de
Aduanas y fundamenta la
importancia de asociarse: “Pero,
qué ha de hacer el industrial
aisladamente, como fuerza
individual? Nada,
absolutamente nada... los
industriales dispersos,
procediendo cada uno por sí
propio, no forman columna,
necesitan entrelazar sus manos
y por medio de la Asociación
formar unos vínculos
indisolubles de solidaridad
sellado en la “Unión
Industrial Uruguaya”, para
conquistar los derechos de la
industria en primer lugar, y
luego entrar en el concierto
de las instituciones
regulares, como uno de los
factores del progreso nacional”. En efecto, las
cámaras empresariales,
expresión de los intereses y
necesidades de los nuevos
empresarios, fueron un
elemento de renovación
económica a fines del siglo
pasado y comienzos del XIX.
Las mismas no se limitaron a
promover los intereses de sus
respectivos sectores, sino que
en su acción se proyectaron
al plano político. La Federación Rural
fue la primera asociación en
reconocer explícitamente la
importancia de la
participación directa de la
institución en el proceso
político. Fundada en 1915
surge como segunda
agremiación nacional del
sector agrario que agrupara a
las Sociedades Rurales del
interior del país. Las
políticas batllistas
provocaron inquietud en sector
agrario, más por los ataques
verbales al latifundio de
voceros del batllismo, que por
medidas concretas. Eso explica
el nacimiento de la
Federación. José Irureta
Goyena, principal impulsor e
ideólogo, decía en tono
desafiante: “Los
representantes de la
producción se tienen que
hacer oír por el gobierno,
pero en una forma menos
académica, tienen que hacerse
oír pero con la autoridad de
los que mandan, y no con el
encogimiento de los que
suplican, y para eso es
necesario que la Federación
se frote aún con vida, se
mezcle en las luchas
políticas y cargue los
cañones, antes de disiparlos”.
Como lo establecen sus
estatutos definitivos,
aprobados en 1916, la
Federación Rural "no
constituye un partido
político, ni aspira a la
conquista del poder", ni
actuar dentro de los partidos.
El objetivo es influir en las
decisiones que toman los
poderes públicos. Así
surgirá el primer grupo de
presión al estilo moderno,
considerando la estrategia de
presión política
extrapartidaria como el mejor
método de acción que se
adecuaba a la defensa de los
intereses empresariales. En representación de
los intereses del sector
agropecuario la Asociación y
la Federación realizarán una
tarea complementaria: La
Federación tiene su acción
gravitante en el campo gremial
y político gremial, en tanto
la Asociación Rural ha
encausado su acción hacia los
aspectos técnicos, mejoras de
la ganadería a través de los
registros genealógicos, de
las exposiciones y
particularmente a partir del
cuarto decenio de este siglo a
través de sus criadores de
distintas razas y especias que
actúan como entidades
gremiales . En el transcurso del
siglo XX surgirán numerosas
agremiaciones empresariales,
pero es interesante señalar
que a pesar de la gran
proliferación, las cámaras
con más larga tradición
histórica -que son la de
Comercio, la Asociación
Rural, la Federación Rural y
la Cámara de Industrias del
Uruguay- aparecen como las
más representativas y como
los interlocutores favorecidos
frente a la burocracia
estatal. Entre las cámaras
madres hay que incluir a la
Asociación de Bancos, que
surge tardíamente, en 1945.
Dos hechos anteceden su
creación y son señalados
como detonadores de su origen:
la creación de los Consejos
de Salarios en el año 1943 y
la fundación en 1944 de la
Asociación de Bancarios, es
decir AEBU, el sindicato de
empleados de este sector.
Recién después viene la
Asociación de Bancos, que
interviene en las
negociaciones con los
asalariados, procurando
asimismo la aprobación de una
legislación que regulara el
funcionamiento de la banca. Los rasgos iniciales
del comportamiento colectivo
empresarial condicionaron
fuertemente su accionar
futuro: promover sus intereses
sectoriales y proyectarse al
plano político, para influir
en políticas específicas,
protagonizando en el
transcurrir histórico muy
pocos intentos de constituir
una organización que
represente el conjunto de los
intereses empresariales. Las asociaciones
empresariales fueron parte de
una matriz ideológica y
cultural cuyo centro era
Estado y el sistema político.
Su razón de ser fue la
defensa corporativa de
intereses sectoriales. Las
cámaras empresariales reflejo
de la cultura e historia de un
país, accionaron en un tono
discreto, con escasa
visibilidad pública,
desplegando una capacidad de
presión a ciertos niveles
para producir cambios que
garantizarán los intereses
del sector. En este marco se
destaca la escasa
participación efectiva en el
diseño de proyectos globales
de desarrollo. Rasgos del
accionar colectivo empresarial
nacional que son compartidos
por la mayoría las cámaras
empresariales
latinoamericanas. No obstante, América Latina, se encuentra en un proceso de profundas trasformaciones económicas y políticas. El modelo de desarrollado hacia adentro, con una amplia intervención del Estado en la economía y con una industrialización tardía mediante la sustitución de importaciones, ha sido sustituido por otro nuevo modelo de desarrollo. Las nuevas directrices son apoyarse en las fuerzas del mercado, reducir el Estado y abrir la economía. Con la privatización de la economía y la apertura externa se abre un complejo proceso de reinserción del empresariado en el sistema político nacional, que en países como Chile ha transitado hacia una participación activa del empresario en el nuevo modelo de desarrollo y un compromiso más activo del Gobierno con el proyecto del sector privado. Estas formas novedosas de articulación entre empresarios y gobierno, en torno a políticas de desarrollo, parecen ser los caminos que deberían transitar los países latinoamericanos. * Cristina Zurbriggen
es investigadora del
Departamento de Ciencia
Política de la Facultad de
Ciencias Sociales de la
Universidad de la República.
Ha realizado varios trabajos
sobre las organizaciones
empresariales y su incidencia
en el desarrollo social y
económico del Uruguay. |