12 DE NOVIEMBRE DE 2003
Discurso del Presidente de la Cámara de Industrias del Uruguay, Ing. Agr. Diego Balestra
“Agradezco a todos ustedes
la gentileza que han tenido de acompañarnos a lo largo de estas Primeras
Jornadas de Debate Industrial y particularmente esta noche, en la celebración
del Día de la Industria y el 105 aniversario de la Cámara de Industrias del
Uruguay.
A todos nos tocó vivir
tiempos muy difíciles estos últimos años. En particular, la virtual
paralización que vivió la economía del país el año pasado una vez desatada la
crisis del sistema bancario, constituyó un duro golpe a las esperanzas que
teníamos los uruguayos de no zozobrar en las agitadas aguas de la región.
Pero lamentablemente, los
fundamentos de esa esperanza eran muy débiles, a pesar de que en general los
mismos se habían arraigado como axiomas en la sociedad: un sistema financiero
seguro, un país mejor que el resto de la región para hacer negocios, bueno para
vivir, con políticas macroeconómicas estables, bajos niveles de corrupción,
seguridad jurídica, etc.
Estas características que
nos definían, tuvieron la posibilidad de ser contrastadas en el escenario
regional y, si bien la mayoría de ellas reflejaba la realidad, todos los
uruguayos comprobamos que el país no era ni tan estable ni tan seguro como lo
pensábamos.
Sin embargo, al inicio del
segundo semestre del año pasado, se ve un cambio de actitud en el Gobierno para
enfrentarse a los problemas. La disposición a asumir el desafío de salir del
atolladero sin considerar el alto costo político que eso podía acarrear,
persiguiendo el objetivo de encontrar soluciones rápidas y efectivas a la
crisis del sistema bancario, mostró al menos fugazmente, que existe una forma
diferente de hacer las cosas.
Mucho se han criticado las
decisiones que tomó el Gobierno para poner fin a la crisis de los bancos,
poniéndose también en evidencia las grandes fallas de los sistemas de control
del mercado financiero, lo cual es responsabilidad del Estado.
La forma en que la sociedad
valoró y reaccionó ante esta actitud del Gobierno, contribuyó a que la
conceptualización de la crisis se haya centrado en los aspectos económicos,
manteniendo alejada la posibilidad de que se viera afectada la
institucionalidad, tal como sucedió en varios países de la región.
También se vio en ese
momento una colaboración creciente entre todos los involucrados, que ayudó a
que esas soluciones hayan podido implementarse. Tal vez las decisiones que se
tomaron no fueron las mejores, pero, una vez que se decidió qué hacer se llevó
a la práctica.
Este comportamiento,
lamentablemente, no es la norma en el Uruguay, aunque en el fondo todos estamos
de acuerdo en que la salida de la situaciones críticas se logran trabajando
juntos.
El sector industrial acumula
una de las caídas en su nivel de actividad más pronunciadas en muchos años. Las fuertes
transformaciones que debieron enfrentarse en forma tan vertiginosa en las
reglas de juego desde el año 1999, ha llevado a una importante transformación
de la estructura del sector.
Las ramas de actividad y las
empresas sobrevivientes a este largo período de retroceso, son llamadas por
algunos “la industria viable”, en función de que una combinación de sus
ventajas competitivas, escala y diferenciación les permitió salir adelante.
Desafortunadamente, las condiciones
del entorno no contribuyeron a que la mayoría del sector industrial
perteneciera a ese grupo que estaba en mejores condiciones para anticiparse a
los cimbronazos de la crisis, generándose una pérdida de capital humano y
capital estructural en el país que será muy difícil de recuperar.
Este sector industrial en
reestructura, que enfrenta un nuevo contexto internacional y regional, sigue
siendo castigado por la excesivamente lenta transformación del Estado y la
falta de acuerdos políticos para avanzar en la definición de políticas públicas
en áreas clave, como la educación, la ciencia, la tecnología, el empleo o la
internacionalización del país.
La incertidumbre sobre la capacidad
del país de generar un marco propicio para el desarrollo de actividades
productivas, lejos de disminuir, está creciendo.
Esta coyuntura crítica, más que
hacer olvidar la necesidad de trabajar para el largo plazo y en conjunto con
todos los que quieren el desarrollo nacional, es la que estimula a la Cámara de
Industrias del Uruguay a impulsar iniciativas como la que presentamos esta
tarde.
El análisis de los
principales indicadores de la actividad económica, muestra que la economía del
país está enfocándose hacia una leve recuperación. El crecimiento de las
exportaciones, la creación de puestos de trabajo en varios sectores de
actividad y la mejor recaudación por la DGI, son algunas señales que permiten
avizorar un mejor desempeño para el 2004 para la totalidad de los sectores de
actividad.
Pero, ¿cuánto de ese leve
repunte se debe a nosotros mismos?. El Uruguay está aprovechando con mucha
intensidad condiciones favorables que provienen en su mayoría del exterior,
sobre las cuales no tenemos capacidad de incidir. Los precios internacionales
de una parte muy importante de la oferta exportable del país, se encuentran en
niveles que hacen más competitiva a la industria exportadora.
Tenemos la sensación que
como país, aún no nos ha quedado claro qué el futuro depende de nuestra capacidad
de implementar políticas que alienten la inversión, el incremento de la
productividad y la competitividad de toda la sociedad con una perspectiva de
largo plazo, como condicionantes para el desarrollo social de nuestro pueblo.
Experiencias como la que Reginaldo Braga Arcuri nos relató ayer sobre el caso
de Brasil, o la chilena que nos presentaron el Embajador Casanueva y el Ing.
Lizana, deberían servirnos de ejemplo.
Todos somos responsables por
lograr este tipo de definiciones, en especial la clase dirigente del país.
No podemos permitir que
entre ellos prevalezca el espíritu de defender intereses que no son
beneficiosos para el país. La “defensa de las chacras” en el sentido que todos
le damos a esta expresión, no puede transformarse en una forma de
comportamiento aceptada, ya que fortalece la exclusión, genera divisiones y
beneficia a unos pocos perjudicando a muchos. Este compromiso lo tienen que
asumir por igual el Estado, los gremios empresariales y los sindicatos de
trabajadores.
La dirigencia política, esté
o no ocupando el Gobierno, en un sistema democrático como el nuestro tiene la
responsabilidad de encontrar los caminos adecuados para que el país se
desarrolle. Deben tratar de romper ese círculo que los encierra y que en
apariencia, los separa de los intereses colectivos.
Nadie duda de la buena fe de
quienes aceptan la dura tarea de dirigir un país, pero mientras no asuman que
su rol no pasa simplemente por administrar lo que hay, difícilmente se noten
cambios positivos y la gente valore su esfuerzo por lograr que el país crezca.
Creemos que deben cambiar la
forma de pensar su función, diseñando e implementando políticas públicas acordes a las necesidades de
desarrollo nacional. Deben incorporar el concepto de que el cambio estructural
es necesario y que siempre se debe mejorar, no solamente como respuesta a
los estímulos que vienen de fuera. La
natural pugna por el poder, no puede ser más fuerte que los intereses
nacionales.
También la dirigencia
empresarial tiene una fuerte cuota de responsabilidad en el desarrollo
nacional.
En este sentido, las
organizaciones empresariales deberían concentrarse más en lograr consensos que
excedan los intereses sectoriales y apunten a un desarrollo global. Nuestro
papel esencial como representantes de intereses sectoriales, no puede ser una
limitante a buscar mayor cohesión con el resto de los sectores de actividad en
la búsqueda de caminos comunes hacia el desarrollo.
Debemos terminar con la
falsa oposición -muchas veces alentada desde el Gobierno- de que hay sectores
que son más importantes que otros y que el mejor desempeño de uno representa un
retroceso para los demás. Eso no es real y está más que demostrado que un país
alcanzará mayores niveles de desarrollo, en la medida que prosperen todos los sectores
de la actividad económica, dándole una especial participación a las pequeñas y
medianas empresas en el proceso.
Los dirigentes de los
sindicatos también son responsables por el futuro del país. La defensa de los
justos intereses de los trabajadores nunca será incompatible con los objetivos
de crecimiento del sector productivo y del país. Por eso creemos que del mismo
modo que debe hacerlo el sector empresarial, los dirigentes sindicales tienen
que armonizar los objetivos de su gestión con el desarrollo nacional.
Es necesario poner fin
también a la falsa oposición de intereses del empresario y el trabajador, ya
que ambos navegan en el mismo barco y dependen uno del otro para lograr sus
objetivos. Sin no se apuesta a promover a las empresas no habrá fuentes de
trabajo y, sin trabajadores formados y bien remunerados, no habrá empresas
eficientes.
En concreto, si la clase
dirigente de nuestro país no logra ponerse de acuerdo para identificar una idea
común de desarrollo y alinearse detrás de ella, independientemente del sector
político, gremio o sindicato al que pertenezca, no solamente no estarán
cumpliendo con su función esencial sino que, además, estarán perjudicando al
país.
Parece poco creíble que los
graves problemas que vivimos en los últimos años -un aumento importante de la pobreza, inusitados niveles de
desempleo, un endeudamiento del país como solamente podía pasarle a otros, una
destrucción muy importante del aparato productivo, aumento de la ilegalidad, de
la informalidad y del contrabando y un evidente deterioro en la prestación de
muchos servicios esenciales- no hayan sido suficientes para que pongamos en
práctica las reformas estructurales que el país tiene pendiente.
En definitiva, si durante
períodos de estabilidad o crecimiento económico no hacemos los cambios que el
país requiere y tampoco los hacemos para salir de las crisis, yo me pregunto
¿cuándo los vamos a hacer?.
La reactivación, para que no
sea algo fugaz, debe venir acompañada de medidas que le den sustentabilidad a
lo largo del tiempo. La reactivación no va a venir sola. Por lo tanto, tenemos
que hacer lo necesario para que el Uruguay concrete mejoras sustanciales en su
entorno de negocios, que lo hagan atractivo para invertir y crear empresas
tanto para los uruguayos como para los extranjeros.
Y si no somos competitivos
colectivamente, no vamos a crecer. De poco servirá el esfuerzo de las empresas
por mejorar sus niveles de eficiencia, si luego tienen que cargar con la
ineficiencia del Estado o la falta de infraestructura para el desarrollo.
Por eso insistimos en que
para competir como país, captando inversión que genere riqueza y trabajo, no es
suficiente la mejora en la eficiencia de las empresas y en la formación de los
trabajadores. También se necesita un entorno económico propicio, que debe ser
construido por todos los uruguayos y llevado a la práctica por aquellos que
tienen la responsabilidad de gobernar por el mandato popular.
Es imperioso que el sector
político trabaje en la búsqueda de acuerdos para recrear una ámbito en que sean
una realidad la seguridad jurídica, la buena gestión macroeconómica, las
políticas transparentes y previsibles, así como las instituciones de la
administración pública que funcionen bien y que tengan objetivos orientados a
la eficiencia.
Todos tenemos que cambiar
nuestra forma de ver la realidad. Tenemos que aceptar de una buena vez que el
mundo ya no es como lo conocimos ni volverá a serlo. Aceptemos también que esos
cambios en el ámbito internacional han incidido sobre la realidad interna del
país, transformándola. Por lo tanto, el Uruguay que vivimos y al que muchos
añoran, ya quedó en el pasado y no volverá.
Dejemos de mirar para atrás
y valorar como bueno todo lo que vivimos antes. La sociedad uruguaya tiene que
mirar hacia el futuro y verlo como algo promisorio, que con mucho sacrificio
podremos construir si trabajamos en conjunto todos los uruguayos. Es imperioso
que como sociedad recuperemos la confianza en nosotros mismos, para aprovechar
nuestras fortalezas y salir adelante.
Ataquemos los grandes
problemas nacionales con honestidad y valentía, evadiendo las excusas que
siempre están al alcance de la mano para no hacer las cosas, creando los
espacios para que los que tienen propuestas y quieren trabajar lo puedan hacer.
Rescatemos nuestro espíritu
solidario y pongamos el hombro a las buenas ideas y a las mejores intenciones
de llevarlas adelante, vengan de donde vengan.
Apelemos para ello al
enaltecimiento de los valores esenciales y a la tolerancia que deben guiar el
accionar de una sociedad, que tiene al progreso y al desarrollo de su gente
como objetivos esenciales.
Muchas gracias.