Comentarios a la “Propuesta de la CIU para una estrategia de desarrollo industrial”

 

Ec. Mario Bergara:[1]

 

Corresponde agradecer a la CIU por la invitación a volcar algunas ideas con relación a la propuesta de desarrollo industrial.

 

Uno evidentemente cuando encara este tipo de compromisos, dicho en el mejor sentido, se maneja con cierto prejuicios. Y de alguna manera una primera ojeada al documento daba la pauta de los temas planteados -lo errático del tipo de cambio,  cómo el gobierno no protegió más a la industria, etc- y las clásicas demandas al Estado -el hecho de ver que las acciones que son responsabilidad de las empresas llevaban una página y media, la de las organizaciones empresariales otra página y media y lo que tenía que hacer el Estado llevaba casi cinco páginas, generaban mi prejuicio inicial.

 

Sin embargo, veremos que esa primer ojeada superficial del asunto está más que desmentida en el contenido del documento. En efecto, la propuesta, refiere esencialmente a la necesidad del Uruguay de fortalecer la capacidad competitiva como país en un marco de trabajo cooperativo en donde se destaca la relevancia del entorno institucional -básicamente el reclamo de reglas de juego predecibles, el reconocimiento de la existencia de limitaciones institucionales para llegar a esas reglas de juego y algunas pautas de estrategias a seguir- y las propuesta concretas de acción. Como dije anteriormente, las propuestas de responsabilidad de las empresas, organizaciones empresariales y del Estado, parecen un poco desbalanceadas, pero en el fondo después vamos a ver que eso no es reflejo de la naturaleza de la  propuesta.

 

Un poco para desmentir ese prejuicio que tenía originariamente, comienzo con lo que yo considero un marco conceptual alentador.  El documento es explícito cuando dice: “el esquema tradicional de un sector empresarial, que demanda según sus necesidades y de un Estado que según sus posibilidades o intereses otorga o no beneficios es obsoleto tanto desde el punto de vista conceptual como práctico”.

 

Creo que hacer explícito este aspecto es muy importante, sobre todo proviniendo de una organización que defiende legítimamente intereses corporativos. El planeo está basado en la necesidad de llegar a un marco de trabajo en común, a un marco de trabajo conjunto, en una búsqueda de políticas predecibles de largo plazo comúnmente llamadas políticas de Estado.

 

El otro prejuicio estaba asociado a algunos aspectos entre los cuales se destacaba el que se vincula al comportamiento errático de variables como el tipo de cambio real. En un principio pensé que iba a pasar unos cuantos minutos especificando aspectos conceptuales referidos a que el tipo de cambio real no es una variable manejada por los gobiernos, referido a que hay aspectos de decisión de la gente que determina variables reales. Pero también, por suerte, el propio documento responde y contesta con claridad esos aspectos en cuanto a fortalecer eso que yo llamo el “marco conceptual alentador” que refiere a que llegar a ser competitivos no quiere decir solamente buscar ventajas temporales capaces de aumentar la participación en el mercado por un corto período de tiempo por la depreciación de la moneda o la reducción de salarios, modalidades que puede llevar a recorrer el camino equivocado hacia la competitividad y postergar las opciones acertadas de más largo plazo.

 

Es decir, yo creo que de las tres opciones planteadas, la CIU opta por la correcta. Es decir no vamos a hacer competitivos porque estemos reclamando sistemáticamente que el dólar se vaya a las nubes aunque no haya fundamentos económicos para ello -la contra-cara es una reducción sustancial de los salarios-, sino que tenemos que ir por el camino de la competitividad que trasunta en última instancia en cambios en la productividad de las empresas y de los sectores industriales.

 

A partir de ahora plantearé un panorama un poco más pesimista del plateado por el Ec. Michelín. Comparto la preocupación de la  CIU, del  Ec. Michelín y de la Cra. Medero en cuanto a la necesidad de llegar a acuerdos básicos con respecto a políticas de largo plazo, políticas predecibles.  La competitividad no emerge de una política y menos de una política miope.  La competitividad en realidad es fruto de un conjunto amplio de políticas y básicamente políticas de largo plazo.  El problema es cuáles son las posibilidades de que efectivamente hayan acuerdos políticos, porque en última instancia, las políticas reflejan acuerdos políticos en el sistema político y en la sociedad, que realmente reflejen esa posibilidad.  Yo soy más pesimista en este caso por algunas razones que voy a plantear seguidamente. 

 

Cuando se plantean las limitaciones institucionales con respecto a llegar a políticas y a reglas de juego claras, el primer aspecto que bien recoge el documento, es que las soluciones deben ser institucionalmente factibles.  Y aquí el problema es ver cuáles son las características del entorno uruguayo.  Las instituciones, en realidad, no son solamente un problema de entorno, sino que también, si determinan la factibilidad de las políticas, además de ser un entorno son parte del núcleo del problema.  Por lo tanto el cambio institucional tiene que ser el núcleo del problema si es que uno diagnostica que el entorno institucional no favorece la consecución de políticas de largo plazo y de reglas de juego claras.

 

O sea, la incorporación de una perspectiva institucional al análisis de los problemas económicos y de las políticas es crucial, no solamente para comprender mejor por qué las políticas son como son, sino también para señalar líneas de acción que permitan modificar o mejorar las políticas.  Entonces los factores institucionales no son solo relevantes como contexto de los temas económicos, sino que integran el propio diseño, son parte del núcleo del problema

 

Por supuesto que políticas de Estado son esencialmente sinónimos de reglas de juego claras, consistentes y creíbles.  No es solamente fijar buenas políticas en los papeles.  Las políticas tienen que ser percibidas también como que se van a cumplir. El Ec. Villamil era muy gráfico cuando decía “hay políticas escritas y parece mentira que el sector empresarial esté pidiendo por favor que las normas se cumplan”. 

 

Dos temas cruciales que me parece requieren políticas estables de largo plazo son: la competitividad y la inversión.  Me extenderé seguidamente sobre eso.  Cuando hablamos de entorno institucional nos referimos no solamente a la institucionalidad política,  no solamente al funcionamiento del sistema político -instituciones legislativas, ejecutivas, las relaciones entre ellas- sino también nos referimos a todos los demás elementos que rodean a la actividad política:  cuál es el rol, la independencia, profesionalismo, la capacidad  del sistema judicial; cuál es el rol de las culturas, las ideologías dominantes en la sociedad, los hábitos, las normas informales, las cosas que son aceptadas más naturalmente por la sociedad; cuál es la naturaleza del conflicto social; cuál es el balance de los intereses sociales en la medida en que puedan predominar unos sobre otros o no; y cuál es el desarrollo de las capacidades que hay en el país, de naturaleza burocrática, administrativas, pero también de origen técnico, etc.

 

Entonces cuando hablamos de entorno institucional debemos referirnos necesariamente a todos estos elementos a la hora de diagnosticar si el entorno institucional uruguayo, promueve o facilita acuerdos de largo plazo que se expresan últimamente en el sistema político, que se expresan como políticas de largo plazo.

 

Y, en ese sentido, el planteo pesimista en eso, apunta a que el Uruguay presenta una debilidad institucional importante con respeto a este tema.  No hablo aquí de debilidad institucional en cuanto a las instituciones democráticas.  Creo que si hay una política de Estado, es en la aceptación de reglas de juego democráticas y eso fue claro, por ejemplo, el año pasado durante la crisis financiera en donde todo el sistema político se alineó cuando se percibió que la institucionalidad democrática podría correr algún tipo de riesgo.  El asunto es cuánto más allá de eso está fuera de discusión.  Cuando hablamos de política de Estado, una forma alternativa de ver el asunto es bueno: qué cosas son las que ya no se discuten más.  Diría que en el Uruguay la institucionalidad democrática no se discute más, algunos aspectos de apertura comercial y financiera probablemente no se discutan más y el Ec. Michelín señalaba las bondades de la estabilidad de precios, puede ser, y poca cosa más.

 

En los países más maduros económica y políticamente, hay otras cosas que ya no se discuten más como que los impuestos se pagan, que las deudas se pagan, que las empresas tienen que vivir o quebrar en función de sus posibilidades o viabilidad de largo plazo, eso ya no se discute más.  Esto no quiere decir que haya que estar de acuerdo en todo eso, no quiere decir que no haya elementos de discusión.  Que no se discuta más que hay que pagar impuestos no quiere decir que después no debamos discutir a quién se le cobra impuestos y qué se hace con lo recaudado.  Discutamos sobre el elemento redistributivo, como no.  Pero cuestionar sistemáticamente las reglas y los contratos no es una cosa sana para el desarrollo de largo plazo.

 

En Uruguay tenemos una cultura “cortoplacista”, una miopía política que en buena medida es la polea de trasmisión que la sociedad piensa.  Yo no coincido con esa visión de echémosle la culpa al sistema político porque en última instancia el sistema político no se aparta demasiado de lo que la sociedad uruguaya piensa.

 

El sistema judicial difícilmente opere como el organismo que efectivamente haga cumplir todo el esquema jurídico, sobre todo en el terreno económico. Hay buena reputación del sistema judicial con respecto a la independencia y al profesionalismo, sin embargo está claro que en los terrenos contractuales económicos y en algunas áreas vinculadas al as políticas económicas el sistema judicial tiene problemas, ya sea porque los jueces no están formados en áreas económicas o afines, ya sea porque no tienen recursos para tercerizar ese tipo de análisis, ya sea porque no hay tribunales especializados en el área económica o en el área de bancarrota de empresas, etc.  Es decir, es un elemento también que no ayuda a que se desarrollen acuerdos de largo plazo.

 

Toda esta percepción de que las reglas a veces no existen, y a veces cuando existen no se cumplen, lo único que promueve es una mayor actividad de cabildeo, de lobby y a veces paga más hacer lobby que poner esfuerzo en emprendimiento empresarial.

 

El Estado grande pero ineficiente y la falta de mentalidad emprendedora lleva a que las posibilidades de cooperación en el terreno político sean menores.  La falta de respeto a los contratos es una constante en el Uruguay.  Y eso es la contra-cara del aflojamiento sistemático de las restricciones de índole económica y financiera que tienen las empresas.

 

La legislación de quiebra es inoperante, porque es tan rígida que todo el mundo percibe que si entra en el régimen concursal termina con la empresa cerrada y sin nada que le quede. Por lo tanto nadie tiene el incentivo de entrar a tiempo en el proceso concursal.  Por lo tanto nadie percibe que va a ir a la quiebra.  Nadie utiliza el mecanismo de quiebra; ni el Estado utiliza el proceso concursal.

 

Existe debilidad regulatoria en un sentido amplio tanto porque a veces las reglas no son buenas como por el hecho de que a veces hace falta otro tipo de respaldo institucional para hacer cumplir las reglas.

 

Todo este panorama dificulta la posibilidad de acuerdos de largo plazo en todos los terrenos.  Quiero enfatizar este esquema de debilidad institucional, porque para llegar justamente a que existan políticas de largo plazo no solamente tenemos que promoverlo o decirlo sino que tenemos que apuntar a resolver elementos institucionales que están en el núcleo del problema económico.

 

Y las políticas de largo plazo son claves para los elementos centrales  que estamos manejando: la competitividad y la inversión.  Como decíamos hoy la competitividad se construye a través de un conjunto de políticas que tienen que ser estables y creíbles en el largo plazo.  Hay que combatir el enfoque miope de la competitividad que como bien se plantea en el documento. Y después debemos enumerar todas las áreas donde el país necesita tener acuerdos inter temporales en el terreno político y técnico: servicios públicos; eficiencia del Estado; inserción externa; ciencia y tecnología; educación; administración tributaria (antes de discutir qué impuesto vamos a poner tenemos que fortalecer la administración tributaria porque la administración tributaria actual y no me refiero a los jerarcas actuales que me merecen mucho respecto, sino al esquema de la administración tributaria, hace que cualquiera sea el impuesto se recaudará poco y mal).

 

En el tema de inversión productiva, la misma historia. Uno puede pensar que la competitividad subió o bajó en términos de cuales fueron las coyunturas, etc.  En términos de inversión productiva ni siquiera tenemos esa excusa.  Ni siquiera podemos decir que la inversión es baja en el Uruguay por la crisis de los vecinos, o por lo que se vino después, la corrida bancaria.  La inversión en Uruguay fue baja siempre.  Por lo tanto, las razones no se pueden buscar ocasionalmente en las crisis sino que hay que buscarlas en el funcionamiento de las instituciones. 

 

Cuando los inversores evalúan invertir, obviamente incorporan toda una serie de consideraciones de retorno y de riesgos que incluyen los riesgos institucionales: los riesgos de no tener reglas de juego claras; el riesgo de que su inversión sea “expropiada” de manera explícita o implícita, etc.  Y, en Uruguay, las decisiones de inversión tienen los resultados que tienen.

 

El resultado de no tener políticas estables y creíbles no es solamente que la inversión resulte escasa sino que también contribuye a que la inversión captada sea de baja calidad, con honrosas excepciones.  Así, los inversores que vienen del exterior no son los mejores inversores en muchos sectores.  No digo en todos porque hay honrosas excepciones. Y, eso, también es porque los que vienen también saben que las reglas de juego son un flan y las pueden utilizar a su favor. 

 

Por lo tanto, el conjunto de inconvenientes para promocionar acuerdos de largo plazo dificulta que existan políticas de largo plazo y por lo tanto dificulta desarrollar una política consistente y ordenada de competitividad, perjudica los procesos de inversión y en ultima instancia, perturba por supuesto el crecimiento económico.

 

Permítanme cerrar, digamos con dos o tres reflexiones en cuanto a dar un poco de optimismo en esto pero sobre la base de que el diagnóstico tiene que incluir que en el entorno institucional está la raíz de las dificultades para llegar a acuerdos inter temporales, a acuerdos políticos, a políticas de Estado, al nombre que Uds. le quieran poner.

 

En primer lugar, diagnosticar eso significa que tenemos que destinar recursos, no solamente a el diseño fino de cada una de las áreas nombradas sino en mejorar, planificar y modificar el entorno institucional.  No estoy diciendo ahora que las empresas, como se decía por ahí, tengan que esperar que el entono se modifique.  Obviamente las empresas siguen operando y toman el entorno como un dato. Pero desde una perspectiva de diseño de políticas y de implementación de políticas, el hecho de plantearse una política de largo plazo que garantice credibilidad, que garantice estabilidad y promuevan la inversión, implica que solo podremos hacerlo de manera medianamente responsable si apuntamos a resolver las limitantes institucionales que dificultan sustancialmente que la sociedad y que el sistema político llegue a acuerdos políticos.

 

Hay una cosa que hay que reconocer pensando en la posibilidad de cualquier acuerdo y es que la nueva constelación de preferencias electorales hacen muy complejo procurar acuerdos políticos.  Porque muchas veces la sociedad interpreta los acuerdos políticos como concesiones ideológicas.   Esto no quiere decir que todos tengamos que estar de acuerdo en todo ni mucho menos.  El hecho de que exista la palabra acuerdo ya da la pauta de que no estamos de acuerdo desde un principio sino que llegamos a puntos sobre los cuales vamos a respetar cierto acuerdo y discutir sobre los demás.  Pero, lo que si está claro es que la constelación de preferencias políticas no ayudan en ese sentido, el balance de conflictos y de intereses social, tampoco ayudan en ese sentido.

 

Esto es un poco la caricatura que sugieren algunos politólogos sobre un país dividido al medio que no es capaz de ponerse de acuerdo.  El funcionamiento y las reglas de juego en el terreno político y electoral tampoco ayudan, es decir esto obliga a entrar de manera más profunda en el sistema del funcionamiento político; el funcionamiento del sistema judicial; la administración  tributaria; la administración de justicia en general, no solamente del Poder Judicial.

 

En la medida que no apuntemos a tener elementos que corrijan; que mejoren; que alteren la debilidad institucional que dificulta los acuerdos políticos, no vamos a tener acuerdos de largo plazo y políticas de largo plazo que apunten a promover la competitividad o la inversión de manera creíble y de manera consistente.

 

Cuál es el elemento que hay que tironear para arrastrar toda la cadena de asuntos.  Yo creo que si bien hay descontento con el sistema político, y quejas,  en última instancia, la sociedad uruguaya también exige y apela al sistema  político para que sea quien resuelva los temas. Eso de alguna manera desmiente en los hechos  el tema de que el sistema político haya perdido tanta credibilidad, porque en última instancia siempre se apela al sistema político para salir de situaciones críticas. 

 

En este sentido los partidos políticos creo que tienen claro su rol de representación de la sociedad y sino vayamos al levantamiento del veto de ayer.  El asunto es evitar que se genere un exceso de representatividad, cuando tenemos un juego importante de intereses corporativos a todo nivel, de empresarios, de trabajadores, de grupos deudores, de acreedores, la figura que Uds. quieran, que aunque es totalmente legítimo que existan y que se expresen no siempre sus propuestas pueden ser entonces transferidas automáticamente en el terreno político. 

 

Los partidos políticos tienen sí un rol de representatividad pero también tienen una responsabilidad de liderazgo de la sociedad. Y solo contando con un liderazgo claro en el sistema político que coadyuve con esta modificación en el terreno institucional, es que vamos a tener posibilidades de generar políticas de Estado.

 

 

 



[1] Economista y Contador Público de la Universidad de la República. 

 

Doctor en Economía (Ph.D.) de la Universidad de California, Berkeley. 

 

Fue Jefe de estudios económicos del Banco Central del Uruguay y se desempeña actualmente como Director de la Unidad Reguladora de Servicios de Comunicaciones (URSEC).

 

Es Profesor grado 5 del Departamento de Economía de la Facultad de Ciencias Sociales en el área de organización industrial y regulación. 

 

Autor de múltiples artículos y publicaciones en el área económica a nivel nacional e internacional.

 

Es además Consejero Académico del Centro de Estudios Estratégicos 1815.